Cae. Caí. Caímos. Desde un teléfono rojo, escuchó olas de risas sumergidas por el dulce rencor del odio. Ubicado en una pequeña cabina roja donde el fuego de la crisis albergó a las naciones europeas, te escucho. Me relatas historias ya conocidas por la televisión, la radio y hasta mi propia vecina. Inventas relatos con dictadores subordinados que cambiarán por el bien de su pueblo gracias a su gran capacidad auditiva para captar lo que su gente necesita. Como en Buchenwald, caminas entre trampas de bombas idealistas sin temor de que todo vuele por los aires. Me explicas,te autoconvences de que es esto lo que quieres. De que es esto lo que realmente necesitas. De que te necesitan. Será la más pronta reflexión de algunos seres humanos, la más impronta, innecesaria, irrelevante pensamiento de ayudar a los demás, que me aleja una vez más de ti. ¿Y que hago yo aquí, esperándote? Soñando tratando de rehacer algo que nunca tuve, de volver a bajar por las verduras esperando tu reto, tu ayuda para elegir el mejor fruto. De soñar melodías por la calle y reír al ver caer mi helado favorito. ¿Cómo haré para volver al cine sin poder elegir ni una sola película que tenga menos de 4 puntos?. Concuerdo, no estoy en el mejor escenario para hacer ningún planteamiento hacía ti, pero eso no significa que no pueda. También allí te acobija otro hombres en fuertes brazos bajo una funda de cuero mármol. Mujer, eres una de las cosas más complejas, imperfectas y hermosas que alguna vez dudé que podía llegar a contemplar. Bajo la sombra de un vagón que no se mueve, entre destellos de nubes y la luz de nuestra mesa iluminada por una minúscula luz, morí y envejecí al verme reflejado en tus dulces ojos marrones. No acepto, no entiendo y no quiero dejar la oportunidad de que un muro, un señor de azul, me separe de ti. ¿Qué tiene él que pueda separarme de ti? Mujer, señorita, se que tenés un carácter fuerte, pero regresa a casa. Ya la AFIP me quita el poco aire que me queda y con el tuyo a través de este teléfono no me alcanza. Entiendo que estés indignada y quieras tener un trabajo, un hogar y una vida mejor, pero, por favor, volvé a casa. No...no sé que más decir. Ya perdí el gusto por las comidas, por escuchar música y hasta de aburrirme en la televisión. Ya mis domingos hacen un fino golpe a la mandíbula quedandome en casa. Todo sigue igual, todo tan igual y tan apagado. Pasadas las 6 de la madrugada, apago la alarma de mi teléfono, me pongo la misma ropa y espero que ya sea el día. El día que me anuncies que ya estarás en casa, que dejarás de pelear por gente que no te importa y olvidarás estrellas en tu cabeza. Yo acá seguiré pagando las cuentas, mis deudas, tus revistas y mi memoria, y te esperaré con el suplemento de viajes del domingo esperando nuestra próxima huida.
. Anoche fue otro día del cual nunca terminé de partir, de huir de este mundo, o siemplemente, soñar despierto.
miércoles, 21 de noviembre de 2012
sábado, 29 de septiembre de 2012
3 minutos SI TAL
Entre estación y estación, no recuerda otra melodía que la que emana su corazón. Su memoria, inútil e inoperante, lo obliga a repasar con la mirada cada vez que el subte se detenía para el ascenso y descenso de miles de almas cansadas al llegar a su destino. A lo largo de 15 minutos competía su vida con gente desconocida que recordaba en cada viaje. Una joven pareja se miraba como si su vista pudiera penetrar los ojos y hasta acariciar el alma, fundidos en los brazos de un cálido abrazo, eternamente mentiroso en cuanto a su duración. El arte y la música cobraban vida cada vez que Omar regalaba su belleza a su temeroso publico, que lo obversaba obsecuente y escueto, aunque persuadido en el final de cada estribo. Cara de piedra, ojos robustos color miel, con un brazo apoyado en la baranda que sirve para el ingreso de carros de bebés que no pueden pasar por el molinete de pago, Juan me da los detestables días cada vez que piso la estación, demostrándome que siempre hay alguien peor que vos. Pero también existe el otro lado del rio, donde las aguas se juntan y transforman distintas corrientes, en un único paisaje. Allí está Maribel, blanca y minúscula, con el pelo recogido y los ojos saltones, me invita a tomar una copa ofreciéndome cualquier tipo de bebida que en mi caso sea gratificante. Un poco tímido, un poco idiota, tomo finalmente el ganador y escuchó la única frase que moviliza mis mañanas, mis cosquillas y mi pecho. "son $5 está Tiempo Argentino" suelta entre sus dulces labios sin pintar. Atontado, inmóvil, inexpresivo, a veces tardo en poder formular una respuesta, un "gracias" o porque no, preguntarle como se llama, cuales son sus gustos y sus pasiones, que piensa de Mauricio o si tiene ganas de tomar un café. Bajo el transcurso de esos segundos que parecen milenios, su cara se impacienta al no encontrar ninguna respuesta de mi parte, presionándome para cerrar el acuerdo de compra y venta, extraigo nervioso, tembloroso ante la situación que no pude resolver sin concretar una resolución en donde mis gritos se puedan oír, mis declaraciones se hagan canciones, y mi voz sea tu amor, el billete de $5. Lo toma, me la excusa mientras que voltea la cabeza para atender otro cliente borracho en búsqueda de amor.
jueves, 27 de septiembre de 2012
Desde chiquito me enseñaron a quererte. A mirarte. A sufrir. A discutir cuando no entendía lo que pasaba con mis amigos. A llevarte en todos lados con personas que no conocía. A imitar relatos sometiendo a mi garganta. A mis peinados. Al tener en la espalda un simple número y sentirme como el mejor de todos. Sentir cada vez que pisaba cemento con dos arcos que entraba a mi templo, a mi casa. A jugar con estos colores y sentir un plus, una responsabilidad extra que al mismo tiempo, me hacia dar más de mi mismo y hasta a ver a la otra camiseta, y agrandarme todavía un poco más. Me banque lluvias, tormentas, corridas, mala sangre y viajes interminables en condiciones paupérrimas. Simulando un teatro, en los lunes podía ocurrir cualquier cosa: sufrir la cargada ajena de un amigo o nadar en un goze de felicidad. Aprendí a defenderme, a quererte en familia con gente que veo una vez a la semana. En la adversidad, en los golpes a la cien y en el estómago, te seguí. En las épocas doradas, no comí el discurso del campeón y siempre estuve a tu lado. Con el agua hasta la rodilla, siendo 5000, siendo 50, existía algo que no me dejaba separarme de vos. Había algo extraordinario, mitológico podría decir, que prefería dormir en cuero en la antartida antes que ponerme esa camiseta, que igualmente iba a tener calor. Ni el negocio ni el dinero ni ningún nombre propio puede manchar tu nombre, tu origen, y tu aura, nuestra relación. Pueden pasar años, técnicos, jugadores. Pueden caer muros, presidentes, hasta descensos, pero siempre estaremos juntos. De acá hasta ninguna parte, vos entrarías a la cancha, y allí, en el medio del campo, te devolvería el saludo. Desde que te vi me enamoré y supe que vos eras para mí y yo era para ti. Te sigo desde pendejo. No es un campeonato, no es un descenso, no es un ascenso. No se trata de un resultado, de un promedio o de un número. No se trata de una mujer o tal vez en otro caso, de un hombre. Se trata de vos, de tus colores. Que no me vengan de hablar de quien corre a la policía o tiene más aguante, de quien la tiene más grande, eso es para la gilada. Para mi solo importas vos y nadie más que vos. Jugando como el Barcelona o el más antiguo catenaccio italiano, pero siempre humillando y ganándole a esa camiseta que tanto asco me da. No es nada personal con nadie, pero la historia así lo quiso y así lo necesitamos de ambas partes, sino esto no tendría sentido. Nunca faltó el momento para tararear o cantar a los cuatro vientos tus canciones. En colectivos, caminatas interminables en solitario o hasta en la salida o en el mismo boliche. Te necesito, siento que cuando alguien me mira, me ve en esos únicos colores. No puedo explicar porque lo siento, porque fueron estos colores y no otros, o porque me hace tan bien. No sos una droga, porque una droga te autodestruye. Sos una muestra totalmente pura de felicidad plena: sin nada a cambio, sin ningún interés de por medio. Con bombos, con banderas, juntos, solo, siempre estaré a tu lado. Siempre.
miércoles, 15 de agosto de 2012
Crónicas de sueños incompletos SI
Crónica de sueños incompletos
Intrépido, me
decían. Martín “el intrépido” Suárez, cabalgando entre montañas de inseguridad,
enfrentándose a generales de múltiples
hogares con un solo propósito, impulsado por la valentía que emergía de su
pecho. Así me tildaban algunos colegas, me etiquetaban en las hazañas
mitológicas que relataban a los medios de comunicación. Me hacían llamar el
Héroe de clase media de John Lennon, les hacían creer que conmigo estarían
seguros, con la astucia e inteligencia de Sherlock Holmes como también el
pensamiento avasallador y penetrante de
Roldofo Walsh. No soy un ejemplo para
nadie, ni un símbolo como quieren que sea. Los amigos del campeón no dejan que
pueda caminar con tranquilidad, me invitan a recluirme en las entrañas de mi
dolor, de mi ausencia. No soy un héroe, no busco la justicia para nadie, más
que para mí mismo. Algunos dicen que
lucho por la inseguridad que vivió mi lugar de procedencia desde niño, mi
barrio. Otros, el espíritu amateur y radical que mi madre me invocó, con
figuras que valían su justicia desde el libre pensamiento, la igualdad, la
oportunidad para soñar mundos mejores sin servicios entregados por correo e
impuestos, dominados por un sistema perverso que se rige a base de miedo y
terror, confabulado con el capitalismo imperioso impuesto por los Estados
Unidos de Norteamérica y el G8. Algunos,
dudan. Siempre deberían dudar. De que existe alguien así, de no conformarse con
slogan baratos, canales de televisión que educan la ignorancia desde el primer
grado matando una a una, a nuestra cultura. Duden, de que el mundo es tan
horrible y maravilloso como nos cuentan en las radios, en la caja maldita y en
internet. En esta, como cualquier
guerra, no existen perdedores y ganadores, lo único que existe son las víctimas.
El futuro está en peligro, en mano de un puñado de hombres que controlan mi
vida y la tuya, la de ella y la de aquel, en base a números, a la ilimitada
ambición y ansía de poder que puede llegar a tener un hombre.
Mientras Buenos
Aires se inunda de políticos corruptos producido por el marketing laborioso de
la imagen y no por el de la veracidad, son ellas los que limpian nuestras
casas, liberan nuestro ambiente de esa bacteria putrefacta, de ese veneno que
nos obligaron a beber hace más de 25 años. Ellas, como emblemas de paz, de
justicia, de convicción, nos dan 106 razones para creer. Nunca soñé que sería
esto, siempre me enfunde que cumpliría el sueño de mi madre, la promesa que
sellamos mirándonos a los ojos, diciéndonos cada palabra, cada razón, cada
manera, sin decir una sola palabra.
Culpable, me
declaro culpable. No pude cambiar este mundo tan inmerso en odio, en
discriminación, escaso de valores, de amores, de sinceridad. Carente de
posibilidades…no de triunfos y derrotas. ¿Quién es alguien para declarar un
triunfo o una derrota sobre algo? Ni posibilidades, ni la capacidad de elegir
ya tenemos. Perdóname madre, por seguir un ideal. Por creer en mundos mejores,
en pobres ricos de trabajo y estudio, en una mujer que tome mi mano, cuando ya no
pueda caminar. El mundo que soñamos hoy nos ha dejado caer, el camino que
siempre pensamos que transitaríamos ya no es más que una calle sin salida, sin
nada de trasfondo, sin lugar para
seguir. Hoy, Buenos Aires muere un poco más, poco a poco, gota a gota,
encerrándose en su propia oscuridad. Ya
no hay cerveza que aguante, ni bar que pueda cerrar las cortinas frente a mi
alma desdicha. Quebrado, me parto en dos. Salgo del viejo bodegón del que todos
los días sueño que, al salir, encuentre una nueva ciudad. Zapatillas entre los
cables ahorcan mi garganta, no dejándome tragar una realidad que día a día me
golpea en la cara.
Saliendo de la
biblioteca que acaricia mi alma cada vez que estoy en ella, por la calle
Pizzurno recibo esos llamados que siempre espero que no lleguen, aunque sé que
lo harán de igual manera.
Rápido, corro
mentalizado que tengo que evitar lo que pueda llegar a ocurrir. Doblo a la
esquina, cruzo el semáforo en verde haciendo detener a los conductores mientras
me insultan y les devuelvo el saludo. Si mis cálculos no son erróneos, como
casi siempre pasa, me toparé directamente con él. Lo golpeo, corriendo con una
desesperación que evapora cada muestra de evidencia que algo malo está mal. Lo
golpeo concentrando todo el peso de mi cuerpo y mi impulso en mi brazo y mano
izquierda, hundiéndola en la boca del estomago con ira, con un enojo irracional
de la mano de un dolor inmenso. Me
duele, me lastima mi odio mismo, el hecho de detestar a una persona que ni
siquiera conozco, responsabilizándola por lo que la sociedad creó en él, ejemplificándolo de lo que el país
refleja. Sin ninguna oportunidad, sin poder llegar a ser diferente, a ser
potenciado, a que pueda llegar a creer. Lo señalan con el dedo, le enseñaron
que nunca podrá ser, le inyectaron el desamor, la brutalidad. Le quitaron el privilegio de imaginar, de
soñar. Lo hacen culpable de haber nacido en una sociedad a que a nadie él le
importa, sin posibilidades, sin ninguna manera de poder elegir, de darle a
entender que una vida no vale un par de zapatillas. Nadie nace delincuente,
nadie elige ser ignorante. Al verlo caer, veo caer a miles de chicos
argentinos, sin sueños, sin inocencia, sin superhéroes con capas y mascaras
volando de aquí para allá. Una parte de mí también cae, también fue golpeada
con ese movimiento, también muere día a día. Trató de razonar con él, pero sus
pupilas se dilatan. Sus parpados están perdidos, pidiendo gritos de auxilio
para que lo salven. Ya no está conmigo, tal vez esté jugando con el 10 del
Barcelona del que lleva su camiseta puesta. Esta perdido, el paco consumió sus
heridas y las abrió al mismo tiempo, en el mismo momento. Trató que me vuelva la mirada, que reconozca
otros ojos que estén por fuera de su disforia. Me ahogan, no me dejan respirar,
las putas zapatillas son piedras en las mías. Otra vez el diablo mete la
cola y me enfurece. Me hace odiarte
Buenos Aires, una vez más.
No puedo, no
puedo resistirlo más madre, no puedo. No puedo controlar en que nos hemos
convertido, en que me he convertido. Ya no me duele, me arde el cuerpo, me arde
el pecho. Incontrolable, apacible llegó
para quedarse en mí de una vez por todas.
Ya ha pasado el tiempo para mí, ya pasó mi fecha de vencimiento, ya he
caducado. Perdóname madre, te fallé. Ya
cayó babilonia, ya cayeron muros, yo ya caí. Lo intenté madre, juro que lo
intenté. Di lo mejor de mí, de mi alma cansada. Con lágrimas en los ojos quiero
volverte a abrazar, a sentirme cuidado, a sentirme que este mundo puede volver
a cambiar. Desarreglado, listo para
partir, camino despacio por las veredas que nunca pude limpiar. Pisando el
pavimento sobre las sendas peatonales, con el semáforo en verde, veo pasar
historias, películas que se escribieron sobre mis historias, mi mundo perfecto
pero con sangre en las manos, pero estoy cada vez más cerca de ti mamá. Te veo,
quiero tomar tu mano y no volver jamás, ya cumplí mi destino y mi misión en
este lugar. Cada vez más fuerte, más aterrador y dulce suenan las bocinas que
aparecen cada vez más cerca en mi costado. No hace falta que miré, ya los oigo
llegar, ya me reuniré contigo, en solo unos instantes. Te escucho. Espera. Te
escucho. Abro los ojos al escuchar a media cuadra de distancia detrás mío, tu
voz. Nítida, tuya, única, mamá. Saltó con una fuerza inexplicable sobre la vereda
y siento que algo me tira de los brazos, esquivando un auto color rojo y con
llamas en sus puertas. Me levanto, busco entre los retratos de la gente tu voz
cuando algo me llama la atención. Corro desesperado y logró tirarme encima de
él, antes que te ensucie con sus manos. Forcejeo sobre el piso contra todos los
demonios que nunca imaginé que existían, de los peores que podrían dominar la
esencia de un hombre, si todavía tengo y tiene la decencia de llamarse así.
Logro golpearlo con mi mano izquierda cuando sigo recibiendo golpes, pero no
puedo rendirme. Lo terminó de noquear cuando siento un vil metal sobre mi
abdomen, se me paraliza el cuerpo, el pecho. No duele, mientras caigo sobre mis
rodillas y la sangre me mancha la boca de mortalidad. El invierno sacó su
revólver y me encaño las costillas, pero ya nada importa. Su mirada vale 25
primaveras, alumbra mis ojos con un hermoso destello blanco, con su ingenuidad,
con su ternura. Llorando, temblando, me abraza con sus débiles y chicos brazos.
Soy su héroe,
mamá.
jueves, 9 de agosto de 2012
El Arrepentido SI
Soy un tonto, un cabeza dura, un inepto. Deje chantajearme por mis impulsos, por su sirueta, por el juego con el que bailan sus caderas. Acepto que seguramente saldré perdiendo de acá, con algunos golpes hasta recibiendo algún beso. Me miras, con esos ojos firmes que dinamitan a cualquier ser humano que trate de resistirse. Me invitás a que pruebe, a que trate de parecer un hombre. El control de mi mismo ya lo acabo de perder recien, cayendo a la palma de tu mano. Con palabras en inglés, o frases de canciones, me confundis, me haces reir. Soy un loser, un perdedor, que ahora traga saliba y reconoce lo tonto que fue. Estoy acabado, no tengo nada más que mis labios y tu cuello, sediento de desesperación, transpirando, esperando que ese momento llegue. Soy un mentiroso, patético, un perdedor, un desagraciado, una persona que aparecio en el lugar y en el tiempo equivocado, que no entiende de seguridad, de justicia, de intereses políticos ni democracias inconclusas. Estoy perdido, en mi propio laberinto sin salida que desaprobecha mi cabeza. No tengo ninguna salida. ¿Dios? Él no está hecho para tipos como yo, ni tampoco lo necesitamos. Me vendí a las coorporaciones, me vendí a cada mendigo que solicitó mi imagen. A campañas de cereales, de preservativos, hasta canales de televisión. Vendí hasta a mi propia madre por un puñado de azucar. Hace 20 años tenía el mundo a mis pies, ellos me suplicaban que les diera algo, migajas, algo mio para llevarse. Me absorbieron, mi tomaron, gota por gota, molecular por molecula, gramo a gramo. Me vieron conducir con 2 mujeres que mi madre nunca se cansaría de golpearlas al tratar de pisar su casa, salir de aquel auto con mis gafas negras en plena oscuridad pasando la medianoche. Así es como vivi, vivi como si tuviera 2 vidas y algo más tal vez, durmiendo en un lugar, y despertando tal vez, a 15 pisos de altura en el medio de la ciudad, solo con mis pantalones y mi celular. "Vayanse a la mierda" les dije, y escupí al conductor del programa y luego al productor que se contactó conmigo para llevarme allí. Al salir, recordé´porqué estaba en este lugar, recordé a mis héroes caidos, enredados entre jeringas de aire y putas con alas, a las personas que me inspiraron a ser quien soy hoy y que también los habia traicionado en cierto modo. Volteo la cebeza hacia ambos lados y no encuentro mi auto, puto idiota, ya ni siquiera tengo auto. Tras palmarme los bolsillos, encuentro mi billetera en el trasero. al abrirla, solo caen pedasos de colores diferentes de cajas de preservativos y un papel que dice" Fuck You", hasta tienen tiempo de putearme en inglés. No recuerdo donde vivía, ni por donde, pequeño problema. Agarró con ambas manos mi cabeza, como si con esa acción pudiera conseguir pensar de forma más eficaz y recordar lo que necesito en este momento. Momento, entre gritos, punk, lesbianas y cigarillos, veo a mi celular. Otra véz busco en mis bolsillos y lo encuentro esta vez en mi campera. Desgraciadamente, no aparece ningun número registrado y entre mis últimas llamadas, nada me parece familiar ni llama mi atención. Ya es pasada la medianoche, no siento ni mis piernas ni me duelen, debe ser que todavía la droga no terminó de salir de mi oganismo. Puedo pensar un poco más claro, pero todavía Metallica sigue reventando mi cabeza. Se pone frío, aunque no lo percibo, así que entró a un bar bajo de clase media del centro. En un principio, un mono de 2 metros de altura se puso delante de mí y no me quería dejar entrar porque no tenía dinero, afortunadamente al ver mi rostro me reconocieron y cambiaron sus insultos por una foto. Un poco sucio, desaprovechado, con los ojos desvelados, un mundo de colores gira sobre mí en aquel bar, siento que todo se centra en mí aunque nadie se haya percatado de mi presecencia. Me siento en uno de las sillas incomodas de la barra mientras apesto a abandono y melancolía. En blanco y negro, se me sienta mi viejo amigo con un jopo impresionante y de traje, me invita una copa de wisky mientras que también aparece él, cegandome por un minuto debido a su cabellera, apoyando su escopeta sobre la barra. A la mierda, si que estoy loco. Los dos me apretan, me pasan su brazo por sobre mi cuello y me dicen "es la hora de volver a bailar". A todo esto, el bar se mezclaba en claros-oscuros todo el tiempo, no distinguía a una persona de la otra, hasta que algo me decía en mi interior que incline mi cabeza. Al hacerlo, creo ver algo, siento ver algo. Mis "amigos" intimos me agarran con fuerza obligando a que me quede sentado, paresco el idiota de Frodo en el Señor de los Anillos. Es fuerte, impotente, me obliga a que vaya en esa dirección. Ellos me susurran que no lo haga, que estoy echandolo todo a perder. Que caeré por un abismo que nunca podré volver a escalar, que ellos nunca se atreverán a cruzar y salvarme. Siento una bestía en mi, no me importa, me importa un carajo lo que estos dos forros estén diciendole a mi oído y a mi cabeza. Con un fortuito movimiento de los brazos, los largo y hago que se esfumen. Camino hacia allí, siento que todo se mueve, que todo cambia, que estoy en otro lugar cuando me golpea al llevar. Estoy ahí, rostro a rostro. Finalmente era ella, ahora entiendo que de aquí no hay regreso.
lunes, 6 de agosto de 2012
Viejos de dos décadas. SI
Como en los viejos tiempos, me siento en el escritorio donde di vida a mis más grandes amigos, acompañado por mi infaltable mate para que abrige mis pensamientos cada mañana en mi bella Capital Federal. Mis libros, mis lecturas, mis felicidades hoy en día fueron cambiadas, expropiadas por un enemigo encubierto. La era de la tegnología, del ordenador y de la inmediatez invadieron nuestros cuartos, nuestra vida. Ya no tenemos la incertidumbre de dudar, de que la ansiedad nos envenené los pensamientos, nos ponga nerviosos y nos oblige a imaginar mil tipos de respuestas predecibles o no para lo que tanto esperamos. Las dulces esperas no son moneda corriente en estos tiempos de información, de redes sociales que desarticulan nuestras relaciones sustituyendo un suspiro al oido, un te amo en los labios por un "TKM" en un mensaje, ni siquiera expresando la totalidad de la palabra para ahorrar caracteres por el costo del servicio del mensaje en sí. Que curiosidad, que haya que ser austero para expresarle a la persona que uno quiere lo que siente. Las tradiciones parece que se las llevó el viento también. Me dirán viejo, antiguo, pero yo todavía creo en libros por escribir con un caderno y una lapicera, en enamorarnos del cine y no de la pantalla de una computadora viendo una película pirata. En robar un beso en alguna plaza pùblica, en comprar discos que contienen los mismos 12 temas y no parar de escucharlos. Me llamarán antiguo y obsleto, pero nada importa si vos estás ahí. Como dos viejos de dos decadas, nos detenemos en una tarde, frente a la frenetica ciudad y vida que no para ni un segundo, a tomar unos mates, a enomararnos mirandonos a los ojos sin decir absolutamente nada. Nos dividimos bajo la lluvia por discusiones y luego nos unimos bajo el calor de la casa, entre mis sabanas y mi pecho. Celebramos que no tengamos que decirle a nadie ni a nada que nos amamos, buscando aprobación por personas que no conocemos, buscando una opinión de gente que realmente no importa. ¿Cúanto tiempo hemos perdido en paradas de colectivos, en subtes, pero cuanta fue la felicidad que nos rajó la piel al punto de que podamos sentir nuestra sangre caliente? En tus ojos color café, en nuestra estancia que, en vez de estar un dj, aparece un cantante de folklore que enmarca nuestros sueños y nos incita a bailar, me quedo.
Pasaban horas rostros (floresta+ diá cotidiano)
Desembarcando por las callecitas que soblesaltan las calles de Floresta, las aves me dan la bienvenida. Con un frio agobiante pero con un sol reluciente, comienzo un día que parece distinto a los demás. Marta, la señora de las flores, me da el saludo de los buenos días con su sonrisa que ni noches apabullantes ni días decorosos lograron cambiar. Sigo mi camino y me cruzó a Nelly, una señora mayor dueña de una rosticeria que siempre elabora platos tradicionales con un gusto distinto: esas comidas son casi exclusivamente para los trabajadores obreros que en el medio del día, paran para hacer un almuerzo gratificante luego de tanto esfuerzo. Con un delantal, pelos que cambian por cada temporada de color, Nelly me recuerda lo que tan joven que soy y lo que el tiempo también nos maltratan. Al otro lado de mi calle, yase el antiguo puesto de diarios que nunca decidió casarse con nadie. Allí están los dos hombres, siempre a su lado aunque el frió duela por allá de las 6 de la mañana, guardando mis historietas para que, aunque sea un rato, mi mundo sea un poco menos enfermo y donde realmente pueda prevalecer la justicia. En el viejo 106 comparto cada mañana de mis años hace bastante ya, con viejos conocidos que nunca son los mismos, que siempre cambian sus nombres y apellidos, su aspecto, pero siempre están allí. Luego de ver, de imaginar historias a través de mi ventana en mi viaje, de creer que estoy siendo llevado a otro planeta por esta nave espacial, de que soy el protagonista de una película de un relato de amor donde voy a buscar a la persona que amo, finalmente llego a mi destino. El verde de la facultad siempre por un lado me abrumó, pero también me invitó algo que me estuvo esperando siempre. Del desasón, del cansancio y la confusión solo existe un paso, un milímetro, una emoción a la exitación, a volver a florecer, a creer en uno mismo y sentirse vivo, respirar lo que emerge de tu propio cuerpo que pide a gritos salir. Dejar atrás todo lo que digan y a todos lo que alguna vez, tal vez con razón, no creyeron en tí. Eso puede definirse como a La Facultad. Como también acumulamos más fotocopias que amores ni salidas en nuestros estantes, gracias a Dios concedidos por esa señora que aún (por vergüenza) no conozco el nombre, así que la llamaré la "señora de la fotocopiadora". Siempre amable, aliviando un poco el alma luego de duros choques entre Camus y Sastre, preguntando con una dulce sonrisa si estoy bien. Son los detalles, a veces, los que hacen ver que el mundo no es tan espantoso como parece. Que puede existir la bondad, la buena predisposición con gente que ni siquiera imaginas que están allí, que existen, que tienen problemas como tú o como yo. Que tal vez la vida no le sonríe tanto como a tí o como a mí, pero siempre con esa sonrisa ellos nos esperan. Aunque los amores golpeen, las protestas sean demasiadas y los salarios tan pocos, son esas cosas que no entienden de temas monetarios ni de intereses de por medio, que nos hacen sentir un poco más vivos, humanos, personas. Y así también vuelvo a mi casa, con las mismas personas con los que comencé el día. Nelly ya está cerrada a esta hora de la noche y Marta, con la cara cansada, caída, me da las buenas noches ya casi sin ninguna plata sobre la calle, pero con esa sonrisa que calienta mi alma.
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