. Anoche fue otro día del cual nunca terminé de partir, de huir de este mundo, o siemplemente, soñar despierto.
lunes, 22 de julio de 2013
El Marido de la peluquera - Pedro Guerra & Ismael Serrano
Creció con su sueño y un día le dijo:
Acabo de verte y ya sé que nací pa' casarme contigo.
miércoles, 3 de julio de 2013
Gentihombres a la papelera
Los gentihombres se acabaron con la época de la globalización, de la incoherencia en el amar. Que se perdió entre trenes vacios, y bloques de back-up de la cpu. Ahora, cuentan los hombres de más dolores que satisfacciones, se pone por encima al alcohol y las malas actitudes que al abrigo en el piso siendo puente frente a la tempestad de la lluvia.
La era de des-información nos enseña a amar a través de las teclas y a odiarnos por brillosas pantallas. Como pasó con los guapos y la pólvora, ocurrió lo mismo con ellos y la tegnología. Google nos enseña la manera de besar y como engañar a nuestros sentidos, como querer a una fotografía y una ilusión de lo que jamás será.
¿Dónde quedaron los hombres que querían por la mano de cartas expresadas por el error de la tinta y ortografía manual enardecida por el aroma de un perfume que sea suyo?
Que un mensaje no sea una excusa para no amar ni un no enviado una evidencia para obviar. Que el humor o negligencia de las compañías telefónicas móviles no tendan el fino hilo de nuestra vergüenza a causas injustas o nuestra oportunidad para amar una vez más. Que nuestra dependencia se sienta bajo el nerviosismo de una guitarra y no bajo los parlantes 2.0 de un I-pod.
¿Dónde es, sino en el cine, donde elegimos una película sin saber siquiera el argumento para poder contemplar allí nuestro primer efímero como eterno, beso? Será que todavía vivo en la época de Sabina y Serrat cantando a tus caderas y tu arrogancia, y no en inbox ni mensajería instantánea. ¿Que más instantáneo que llamarte y poder decirte "te amo", pese a la luz del subte o el sofocamiento del colectivo de turno?
Cienfuegos para ser lo que quieras
Cienfuegos para ser lo que quieras
Juan Martín
Cienfuegos lo llamaban. Bajo mucho de los tinglados y tabernas que confundían a
los hombres grises en los 70’, planeaba el siguiente movimiento montonero.
Otros cuentan que, luego de una operación que no resultó como lo planearon,
partió al norte para refugiarse bajo la dudas del efímero mandato de Asbún.
Después de vacilaciones, de
datos y pasos en falso, el gran Cienfuegos está en Buenos Aires. En su figura,
se guardan míticas historias como así las discrepancias de su veracidad: desde
informante y espía del gobierno en el exterior, hasta mercenario del dinero y
no de las ideas. Se dice también que él
fue quien eligió el nombre de Ramón Benítez para Ernesto Guevara de la Serna en
su último viaje a Bolivia. ¿Quién diría que el gran Cienfuegos ahora trabaje en
una puesto matutino que provee a los ciudadanos de todo tipo de información,
desde espectáculos hasta economía y, porque no, pornográfica?
Desdicha es la suerte y la
juventud que abandonó a un asesino para algunos, y tal vez un héroe para otros.
Cerca de los antiguos bares que decoran el emerger de las distintas
generaciones de la calle Corrientes, se susurra que agotaba su último dólar de
alcohol cuando el presidente del Sur partía al cielo, mientras que otro grupo
me afirma que en ese momento abría un champán de la nevera al compás de la
llamada de su amigo Martínez de Hoz.
A pesar de que solo sean un par
de metros que me separan de él, prefiero no traspasar esa pared que divide el
mito de la realidad. Sin embargo, acepto que refuto mi accionar debido a que
recientemente corrió la versión que sí, el Cienfuegos de las miles de batallas,
ahora mismo está en Atenas en busca de liberación por la apropiación de los
cinco medios nacionales de difusión de Grecia, dominadas por solo seis clanes
de familias impuestas por el gobierno.
jueves, 6 de junio de 2013
martes, 4 de junio de 2013
No seas cobarde
Ni vagos ni perezosos, ven, acompáñame. No, no te quedes con lo que alguna vez pudimos llegar a ser o no, solo ven, tómame de la mano y sujétate bien, que en el este avión no quedan paracaídas y sí mucho combustible, de un amor sin reciclaje. Ven, no te dejes influenciar por problemas del tiempo y de la demagogia del canal de las noticias, siempre dicen las mentiras para confundir corazones indecisos. Ven, piérdete conmigo entre las nubes y el ruido en el momento que bailamos bajo la luz de la toscana sobre el reflejo de la luna. No seas cobarde, y déjame enseñarte 20 abriles más y lo poco que queda del mundo comparado a tu belleza. Ya pasaron las épocas que los libros suplantaban mi presencia y mis abrazos, ahora queda el tiempo para reconfortarnos. Dejemos que nos queme el dulce sabor del azúcar y nos atrape una negra bachata en el corazón de Latinoamerica. Pierde el vértigo de la necedad y cae en mis brazos. No te confundas, siempre estaré allí para recogerte antes que tus pies toquen el agua y que el frio llegue a tus espaldas. Que no nos queden historias por contar ni locuras inconclusas, ni besos complotados debido al exceso de miradas y de unas pintas también.
De Gallardo a Callao.
En el sueño que representa el portal entre mi realidad y la reflexión de mi tierra prometida, tras tocar las 20 y sentir como se evapora en el aire el sudor de la hora universitaria. De paredes verdes, noches que intercambian más augurios del costado menos querido que abrazos, espero encontrarte. Vuelvo, espero, planeo. Con el tan solo contar de Callao a Ángel Gallardo le alcanza a mi piel para reflotar por las membranas de tus manos, compungidas a la determinante excusa de conocer el remedio que remota por encima de tu cintura.
Tan solo unos cuantos minutos donde interpreto la vida de otro, con mis trajes, mi portafolio, mis corbatas bien prolijeadas a tono con el pañuelo que envuelve el calor de mis sueños y el rojo de tus mejillas. En ese momento, en ese retardo en que Palermo nos deparará un café, un bar, una situación simulada o planeada, donde citaré collares de estrellas, bajo el claro reflejo de la luna, en tus ojos. Sí, son a veces, las cosas con la que puedo llegar a soñar cuando duermo despierto. Cuando imagino un mundo en el que el tuyo y el mio sean iguales. Iguales categorías, de iguales sintonias. Tan solo unos pocos para poder amarte por lo que me queda de día, y tal vez de vida. 100 minutos a la semana para planear el resto de mi vida y la tuya.
Ya me besé en Cubagua, alquilé un piso de arena cerca de la manzana de las luces, y odié una obra en el Picadelli. Ya me bauticé en la plaza de los pañuelos blancos y me sentencié a un duelo a muerte contra los objetos que atentan contra tu vida y la mía. Objetos, algunas veces denominados personas, que nutren su vanidad por el consumismo de grupos hegemónicos económicos, drenando poco a poco, lo que queda de mi vida. ¿Qué sería de mi sin vos? En distintas oportunidades que por lo limitado y lo económico, prefiero no contar, me acechan envenenando mi alma y tratando de quebrantar mi voluntad. Mi deseo de resistirme frente a lo que ya se acerca más a un hecho en vez de un deseo. Golpeándome las rodillas, gritándome en el oído, en la cabeza, que me arrodille ante ellos. Que no hay formula que pueda contrarrestarlos ni bien que pueda ahuyentarlos. Que me rinda sin dolor ni sacrificios sin sentidos. ¿Qué sería de mi sin vos? Levantando el mentón, apoyando primero mi pierna izquierda para levantarme, escupo sus intereses y sus derechos comprados, golpeo con mis manos la corrupción que me somete en el piso e insulto con palabras de irrealidades en el viento. Asumo el riesgo, ¿qué otra cosa podría valer más la pena que esto?
Huí al oeste para empezar de nuevo. Escapé de mis terrores enterrados en Floresta, asesinándome en cada Sarmiento que devoraba mis sueños y virtudes. Comí, recé, amé, bajo las sábanas de un tinglado en Juan B. Justo mientras se detenía todo a mi alrededor por San Martín y Beiro, un destello de realidad que cambiaría para siempre el camino de mis días. Así, te miro, me desangro, me recupero, creo, mato, vivo.
Así derroto las realidades que marginan mis estrellas y agitan mi mundo. Así vivo en un mundo de un par de estaciones que proveen de oxígeno para el resto de mi día, o mejor dicho, hasta llegar al próximo viaje.
Tan solo unos cuantos minutos donde interpreto la vida de otro, con mis trajes, mi portafolio, mis corbatas bien prolijeadas a tono con el pañuelo que envuelve el calor de mis sueños y el rojo de tus mejillas. En ese momento, en ese retardo en que Palermo nos deparará un café, un bar, una situación simulada o planeada, donde citaré collares de estrellas, bajo el claro reflejo de la luna, en tus ojos. Sí, son a veces, las cosas con la que puedo llegar a soñar cuando duermo despierto. Cuando imagino un mundo en el que el tuyo y el mio sean iguales. Iguales categorías, de iguales sintonias. Tan solo unos pocos para poder amarte por lo que me queda de día, y tal vez de vida. 100 minutos a la semana para planear el resto de mi vida y la tuya.
Ya me besé en Cubagua, alquilé un piso de arena cerca de la manzana de las luces, y odié una obra en el Picadelli. Ya me bauticé en la plaza de los pañuelos blancos y me sentencié a un duelo a muerte contra los objetos que atentan contra tu vida y la mía. Objetos, algunas veces denominados personas, que nutren su vanidad por el consumismo de grupos hegemónicos económicos, drenando poco a poco, lo que queda de mi vida. ¿Qué sería de mi sin vos? En distintas oportunidades que por lo limitado y lo económico, prefiero no contar, me acechan envenenando mi alma y tratando de quebrantar mi voluntad. Mi deseo de resistirme frente a lo que ya se acerca más a un hecho en vez de un deseo. Golpeándome las rodillas, gritándome en el oído, en la cabeza, que me arrodille ante ellos. Que no hay formula que pueda contrarrestarlos ni bien que pueda ahuyentarlos. Que me rinda sin dolor ni sacrificios sin sentidos. ¿Qué sería de mi sin vos? Levantando el mentón, apoyando primero mi pierna izquierda para levantarme, escupo sus intereses y sus derechos comprados, golpeo con mis manos la corrupción que me somete en el piso e insulto con palabras de irrealidades en el viento. Asumo el riesgo, ¿qué otra cosa podría valer más la pena que esto?
Huí al oeste para empezar de nuevo. Escapé de mis terrores enterrados en Floresta, asesinándome en cada Sarmiento que devoraba mis sueños y virtudes. Comí, recé, amé, bajo las sábanas de un tinglado en Juan B. Justo mientras se detenía todo a mi alrededor por San Martín y Beiro, un destello de realidad que cambiaría para siempre el camino de mis días. Así, te miro, me desangro, me recupero, creo, mato, vivo.
Así derroto las realidades que marginan mis estrellas y agitan mi mundo. Así vivo en un mundo de un par de estaciones que proveen de oxígeno para el resto de mi día, o mejor dicho, hasta llegar al próximo viaje.
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