Señores y amigos, compañeros de tartulias y domingos del 85 por la mañana. Más bien tarde que temprano, llevaremos el hielo del tiempo a la templanza del hogar, recobijandonos bajo las telas húmedas de los planes sociales, el desempleo mientras que cada tarde del domingo, espero llegar con otras noticias bajo el brazo. Despierta, sueña y no te canses de luchar. Bajo ningún aspecto de nuestra historia, de la historia de la humanidad, del potencial del ser humano, quedarse atorado en la puerta resolvió nada. Ni en aquellas fábricas teñidas de sangre obrera en el mayo francés ni los más avergonzados de España en este nuevo siglo. Lucha, muere, padece, revive, que así son más sagradas las victorias, y menos dolorosas las derrotas. Se dice que para elevar el nivel, el caudal de un triunfo, es necesario sobrevalorar al oponente para justificar la inmensidad de la victoria.
. Anoche fue otro día del cual nunca terminé de partir, de huir de este mundo, o siemplemente, soñar despierto.
viernes, 24 de mayo de 2013
sábado, 27 de abril de 2013
Peumayen nos mira desde enfrente
Peumayen nos mira desde enfrente
Queda claro lo
ingrato que es este mundo. Más que el mundo, las manos engrasadas que lo operan
a su antojo, a su servicio, a su merced. La necesidad imperiosa de dominar a
propios y ajenos bajo las instituciones del miedo, del dolor y la represión.
Comunicadores de falacias, inundan viralmente las venas de trabajadores,
empleados haciéndolos enfrentarse unos a otros, cuando ellos realmente deberían
estar unidos frente a los grupos hegemónicos que dominan un país. Curiosamente,
al mismo tiempo La Plata sufre las necesidades que siempre tuvo, que siempre
contempló entre sus entrañas, cuando se construía un estadio innecesario con un
objetivo más político que social.
De aquí viene, de aquí parte la genealogía Argentina que, década tras década, decora nuestros grises y húmedos, cuartos de tragedias, de mentiras, de banalidades de campañas amarillas cool. A salvo estamos, de perder la unidad pública y popular. De conocer más del cine, del ocio, de los estímulos que provocan la educación, el conocer más, el motor que hace funcionar a nuestra cabeza. De privatizar tus ideas, tus sueños de espacios de cultura para el menos beneficiado. En fin, una Argentina a oscuras vagando entre salones apagados, tropezando con bloques corporativos impulsados por el ideal económico de unos pocos. Una Argentina ahogada en su propio grito, atada de pies y manos frente al patrón de la ignorancia, del desconocimiento y estupidez. ¿Quién querría un pueblo molesto, informado capaz de dudar de los accionares de las, por decirlo así, personas que los representa?
Un idiota. Un corazón acechado en un corralito, una juventud marcada por 194 cicatrices con secuelas en el alma y un Once que nos golpea en la quijada para ver lo poco que importamos a uno u otro grupo. Lo solo que estamos. Lo único que tenemos. ¿Quién tiene tiempo para visitar una playa artificial entre medio de la Ciudad de Buenos Aires cuando el Sarmiento (Dios quiera que no) me abre la puerta y me invita a dejarme vencer?, a desechar la idea de que algún día todo esto va a cambiar y se nos hablará como personas y no como un número. No soy recomendable para nada. Para ningún sector ni persona que esté de acuerdo en encontrar niños en la calle o durmiendo en la puerta de un local de comidas rápidas. Que le sea indiferente nombres como Mariano Fereyra o Julio López, pero si conocidos el amorío de la revista de turno. No se trata de demonizar modelos o purificar realidades.
Se trata de Norberto, el panadero, y Julio, el vendedor de autos. Dos personas. Dos vidas. Dos vecinos. ¿En qué los convirtió los medios de comunicación para que se odiasen tanto? Para encontrar en el otro una bronca, un dolor tan grande, que no lo sentían antes de conocer el pensamiento político que tenía el otro. Oficialista u oposición, son personas, son vecinos, amigos. Sean de color amarillo, naranja o celeste y blanca, son todos iguales. Argentina, dulce país de soberbia y orgullo donde solo se mira al otro para ver quien la tiene más grande y no para saludarlo.
De aquí viene, de aquí parte la genealogía Argentina que, década tras década, decora nuestros grises y húmedos, cuartos de tragedias, de mentiras, de banalidades de campañas amarillas cool. A salvo estamos, de perder la unidad pública y popular. De conocer más del cine, del ocio, de los estímulos que provocan la educación, el conocer más, el motor que hace funcionar a nuestra cabeza. De privatizar tus ideas, tus sueños de espacios de cultura para el menos beneficiado. En fin, una Argentina a oscuras vagando entre salones apagados, tropezando con bloques corporativos impulsados por el ideal económico de unos pocos. Una Argentina ahogada en su propio grito, atada de pies y manos frente al patrón de la ignorancia, del desconocimiento y estupidez. ¿Quién querría un pueblo molesto, informado capaz de dudar de los accionares de las, por decirlo así, personas que los representa?
Un idiota. Un corazón acechado en un corralito, una juventud marcada por 194 cicatrices con secuelas en el alma y un Once que nos golpea en la quijada para ver lo poco que importamos a uno u otro grupo. Lo solo que estamos. Lo único que tenemos. ¿Quién tiene tiempo para visitar una playa artificial entre medio de la Ciudad de Buenos Aires cuando el Sarmiento (Dios quiera que no) me abre la puerta y me invita a dejarme vencer?, a desechar la idea de que algún día todo esto va a cambiar y se nos hablará como personas y no como un número. No soy recomendable para nada. Para ningún sector ni persona que esté de acuerdo en encontrar niños en la calle o durmiendo en la puerta de un local de comidas rápidas. Que le sea indiferente nombres como Mariano Fereyra o Julio López, pero si conocidos el amorío de la revista de turno. No se trata de demonizar modelos o purificar realidades.
Se trata de Norberto, el panadero, y Julio, el vendedor de autos. Dos personas. Dos vidas. Dos vecinos. ¿En qué los convirtió los medios de comunicación para que se odiasen tanto? Para encontrar en el otro una bronca, un dolor tan grande, que no lo sentían antes de conocer el pensamiento político que tenía el otro. Oficialista u oposición, son personas, son vecinos, amigos. Sean de color amarillo, naranja o celeste y blanca, son todos iguales. Argentina, dulce país de soberbia y orgullo donde solo se mira al otro para ver quien la tiene más grande y no para saludarlo.
Me cuida la espalda del que quiera gobernarme el corazón
Me cuida la espalda del que quiera gobernarme el corazón
Me
perdieron, me perdí. Me caí en la vacilación de no volver a encontrarte, asfixiado
por la mano de la corrupción, del dinero, de la incredulidad del vil metal. Los
escuché pidiendo justicia, envenenados por la inoperancia del funcionario de
turno. Los escuché. Escuché a los ecos de la censura drenándose por los medios
inoperantes gracias a los panelistas de la ignorancia y el oportunismo del
morbo. Observé los guiños en tribunales, la cara más falsa del rock y como me
quieren contar lo que jamás podré olvidar.
También
recordé a un león pidiendo minuto y un matador estallando por la angustia, la
agonía, la sed de justicia de más de veinte mil homenajeando a 194. Ojalá que
pueda escribir en un futuro que sea imposible ver tocar a los Stones en
Cemento, y no seguir contemplando a mi barrio, a mi vida, rehén de los
barrotes.
El espertano equivocado
El espartano equivocado
“¿Buen día, como te va?”, me recibe, a
gusto, Leónidas. El humo caliente de la
máquina de café, el sonido de pensamientos tan diferentes como extraordinarios,
impresos en un papel caliente, enganchados con un filo arco de metal pequeño
impuesto violentamente. Desde gaseosas, galletas, a carpetas, sanguches y
resaltadores. El joven, que desconozco
su nombre tal vez por mi falta de interés o por su poca modulación para hablar,
atiende mis pedidos en medio de nubes retóricas de distintas disciplinas
entrelazándose entre sí en un lugar, hasta irónico por el nombre, poco
convencional relacionado a la información que maneja.
Lavalle y Riombamba es el lugar
perfecto para sentir pasar a mi lado, las miles de historias que todavía no
conozco. Desde la humedad del techo
hasta la frialdad del piso que me invitan a entrar en los metros en que está
compuesto el local. ¿Quién podría decir que Leónidas sería un hombre de tez
blanca, sobrepasado de su peso, de ojos claros y con un jopo corto que
achicaría su rostro? Gracias a su buena memoria y a la recurrente demanda de
los alumnos, reconoce a los autores cuando le preguntamos por ellos, pero en
sí, no los conoce. Mientras abandono la tienda, con un tono elevado que retumba
entre las cada vez más pequeñas paredes, escucho un “hasta luego” de Leónidas: una noción de hospitalidad, cordialidad,
que no pudiera ser menos viniendo de semejante personaje. Suficientemente potente para llegar al
interior más inhóspito de cada mortal que se arrastraba sobre esa tierra,
atacando a nuestra más dura soberbia con tal solo, la dulce y simple, educación.
viernes, 1 de febrero de 2013
De bachatas y otras adicciones
De bachatas y otras adicciones
A veces, en tiempos que los viajantes del espacio no llegan a tiempo, que se pierden entre dimensiones desconocidas, donde nadie nos advierte de lo que vendrá, a veces, me quedo y te espero. De vez en cuando, tiendo mi cama en busca de aves parlanchinas y pescados naranjas, esperando el momento en que mi princesa, mi dama, mi bella, inunde mi cuarto esperando que la salvase. Tiempo al tiempo, siempre espero verte. Inventado cuentos, canciones, guerras y hasta tal vez a pico y pala, defendiéndote de malesas y culebrones, a capa y espada. En fríos aromas de otoño siento tu mano rozar la mía, y morirme con tu presencia revolucionaria. Yo no sé si seré capaz, pero me rendiré ante vos, ante tu batalla de querer envenenarme bajo los efectos de tu cofradía maliciosa de amor, vuelo y esperanzas, de Buenos Aires a Madrid y New York. De rendirte culto día tras noche, entre bebidas y otros augurios a tu figura prodigiosa por los reyes de los mares, y los delicuentes de las discoteca.
No, nunca cruzaré esa barrera que me separa entre vos y todas las demás. Cruel y errante, el vil que interpuso tu camino con el mio. Que decidió pinchar el neumático de mi auto sobre la acera de tu casa. Vil, maleante y mal nacido el imperfecto destino que acortó mis palabras en tu sutileza de invitarme un té, y tu teléfono. Entre tentaciones y partidas de billar se curte nuestras vidas, atemorizados por damas más peligrosas que la propia noche, envolviéndonos en el suave de sus sabanas de seda, y en el acantilado de sus curvas. Un hombre sereno a sus convicciones, a sus pragmáticas sensaciones, no puede mirar para otro lado cuando las debilidades se manifiestan a flor de piel. La última gota de serenidad se rompe al verte bailar tan natural y suelta, que hasta provoca una leve risa contenida en mi falange. Azúcar, salsa y pan asientan tus cadenas coordinadas con tus manos y hombros al manifestarme que no está muerto el que no camina, sino el que no baila. Tonto y prodigioso en ostentar no satisfacer con pequeños destellos de tu danza hacia aquella sutil dama.Extraña, exuberante y exhausta, decidís tomarte un descanso a tanto uno y dos, ya dejando a Travolta despatarrado en el piso. Me invitas un trago mal intencionado de café o whisky, bajo una sensualidad que engaña hasta al más arduo capitán. Noblemente, caballero por el rey y naturaleza, acepto la petición. ¿De donde eres? ¿Qué te trae por aquí? me decís. :-"Soy borracho", respondería Rick Blaine, aunque yo acepte a decir: argentino.
Tonto y precoz, ella entenderá que ni el mango me calza ahora en el abrigo. Sin embargo, se encogió sobre su pecho y rió con una sonrisa suave y eficaz. El agua corría, el viento suspiraba con gritos cortos que con una propia tijera podría cortar mientras nosotros nos enamoramos. Pobre aquel hombre, estúpido por creer en el destino, en Yavé, en Dios, y en quién sabe que, que creyó que era por arte de las casualidades que justo en esta puerta el neumático diría basta. Me cuesta tanto, tanto, no amarte.
Eh perdido todo lo que una vez tenía: Fama, dinero, mujeres propiamente dicho. Era un pistolero en la propia era de Adam West, un caza fortunas un tanto pobre, neurótico desembarcado en un viaje sin destino, ni final. Borracho de la elocuencia de convertir el pan en vino, y en vino en aire. Poeta del oxigeno, ofreciendo mi arte puro y seguro, gratis hacia cualquier muchacha que tenga la suerte y ocasión de escucharla, sin venderme bajo ningún podrido slogan cool que pinta estrellas en mi frente. Así era, y así nunca más seré, ya que el virus me atacó por primera vez, y nunca más se irá. Ahora bailamos y muero, al ritmo de sus besos, de sus ocurrencias terribles y terroríficas de visitar catacumbas de próceres olvidados, solo para besarnos en el trayecto entre tumba y tumba. Viviendo entre temblores y autoritarismo de mi propio arte, puro y hermoso, hacia un solo interlocutor. Así eres, egoísta y desgarradora, que no terminarás hasta apropiarte de cada parte de mí, y de mí corazón. Me cuesta tanto, tanto tanto, no amarte.
sábado, 22 de diciembre de 2012
Entre mediodias de luz y sombra, bajo las calles que envuelven los trenes de Buenos Aires, el viaje manifiesta cada uno de sus cuchillos que nos apuñalan en cada estación. Cada una de esas paradas golpea, lastima, porque llevan tu nombre. A cada paso, cada momento, cada movimiento para llegar a mi destino, es como el trayecto erroneo de mi alma a mi corazón. Poco a poco, cede, se defrauda, y descansa. ¿Cómo volver a pensar en recuerdos rotos, si con el mismo filo nos podemos cortar? Tu risa suena en mis auriculares, en mi micromundo que recubre mi burbuja por sobre toda la realidad. Como fotogramas, veo la arena, el mar, tus brazos y un mantel que mantenia nuestros sueños separados del suelo, de la tierra, en el reflejo de la ventana del subte. Al salir, Belgrano cesa en una cama y se me humedecen los pies, agotando cada suspiro de iluminar mi nuca y mi frente. Por una vez en la vida, como la única oportunidad de tachar la doble generala, el 85 me guiña la puerta y accedo a un paraiso de metal y plástico de $1,60 que me aisla de la agobiante rutina bajo el ala de 7,12,15 amigos de boleto, oficina y desamores.¿Quién sabe? tal vez, bajo la incomunicación de las caras enfermizas, nuestros ojos vuelvan a cruzarse entre el humo y el ruido, entre caños, pelo e improbabilidades.
Abandono, más allá de lo que ya hice en todos estos años, el vagón y emcamino mi rumbo hacia las escaleras que me vuelvan a depositar a la superficie, con la calida bienvenida del olor putrefacto de la calle.
sábado, 15 de diciembre de 2012
ABRIL.
Entre canciones de delfines, submarinos y dragones,te veo pasar. Al costado de la ventana del subte, te veo en el reflejo y pienso en como me recibirás esta tarde. Ni los peores mercenarios ni los más duros hombres que llegué a conocer pueden con tu valentía. Con el caracter, con tu presencia, con la valía de tu mirada, los podés derrotar a cada uno de ellos y hasta todos juntos. Ningún ser humano que habita en esta tierra puede no caer en los hechizos de tu ser. También te ví llorar, y admiré como caian, pedazos por pedazos, las partes de este mundo. Entumecido en una pequeña silla de salón, pasadas las cuatro de la mañana, anunciaron tu llegada, y otra vez, el mundo comenzó a girar sin detenerse nunca más. Fueron días duros, de miedos, de dudas, de mentiras y traciones, sin saber el paredero que tendría este final ni a que puerto nos llevaría. Juré imprimirme en vos, protegerme frente a esa que se alberga en las entrañas de algunas personas y en otros rincones de las tabernas. Ya el tiempo ha pasado, los árboles cambiaron de dueño y hasta volvieron a crecer los muros. Ya culminaron los recuerdos en los que jugabas con mi escudo protector y me pedías que dieran una vuelta más. No seré tan alto, tan fuerte y escultural como me recordabas en tiempo de Jack y sus amigos con garfios y banderas, pero todavía le quedan batallas a este campeón por ganar. Seremos distintos, seremos más nuevos, pero el corazón se me reduce, al escuchar tu dulce voz.
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