. Anoche fue otro día del cual nunca terminé de partir, de huir de este mundo, o siemplemente, soñar despierto.
jueves, 6 de junio de 2013
martes, 4 de junio de 2013
No seas cobarde
Ni vagos ni perezosos, ven, acompáñame. No, no te quedes con lo que alguna vez pudimos llegar a ser o no, solo ven, tómame de la mano y sujétate bien, que en el este avión no quedan paracaídas y sí mucho combustible, de un amor sin reciclaje. Ven, no te dejes influenciar por problemas del tiempo y de la demagogia del canal de las noticias, siempre dicen las mentiras para confundir corazones indecisos. Ven, piérdete conmigo entre las nubes y el ruido en el momento que bailamos bajo la luz de la toscana sobre el reflejo de la luna. No seas cobarde, y déjame enseñarte 20 abriles más y lo poco que queda del mundo comparado a tu belleza. Ya pasaron las épocas que los libros suplantaban mi presencia y mis abrazos, ahora queda el tiempo para reconfortarnos. Dejemos que nos queme el dulce sabor del azúcar y nos atrape una negra bachata en el corazón de Latinoamerica. Pierde el vértigo de la necedad y cae en mis brazos. No te confundas, siempre estaré allí para recogerte antes que tus pies toquen el agua y que el frio llegue a tus espaldas. Que no nos queden historias por contar ni locuras inconclusas, ni besos complotados debido al exceso de miradas y de unas pintas también.
De Gallardo a Callao.
En el sueño que representa el portal entre mi realidad y la reflexión de mi tierra prometida, tras tocar las 20 y sentir como se evapora en el aire el sudor de la hora universitaria. De paredes verdes, noches que intercambian más augurios del costado menos querido que abrazos, espero encontrarte. Vuelvo, espero, planeo. Con el tan solo contar de Callao a Ángel Gallardo le alcanza a mi piel para reflotar por las membranas de tus manos, compungidas a la determinante excusa de conocer el remedio que remota por encima de tu cintura.
Tan solo unos cuantos minutos donde interpreto la vida de otro, con mis trajes, mi portafolio, mis corbatas bien prolijeadas a tono con el pañuelo que envuelve el calor de mis sueños y el rojo de tus mejillas. En ese momento, en ese retardo en que Palermo nos deparará un café, un bar, una situación simulada o planeada, donde citaré collares de estrellas, bajo el claro reflejo de la luna, en tus ojos. Sí, son a veces, las cosas con la que puedo llegar a soñar cuando duermo despierto. Cuando imagino un mundo en el que el tuyo y el mio sean iguales. Iguales categorías, de iguales sintonias. Tan solo unos pocos para poder amarte por lo que me queda de día, y tal vez de vida. 100 minutos a la semana para planear el resto de mi vida y la tuya.
Ya me besé en Cubagua, alquilé un piso de arena cerca de la manzana de las luces, y odié una obra en el Picadelli. Ya me bauticé en la plaza de los pañuelos blancos y me sentencié a un duelo a muerte contra los objetos que atentan contra tu vida y la mía. Objetos, algunas veces denominados personas, que nutren su vanidad por el consumismo de grupos hegemónicos económicos, drenando poco a poco, lo que queda de mi vida. ¿Qué sería de mi sin vos? En distintas oportunidades que por lo limitado y lo económico, prefiero no contar, me acechan envenenando mi alma y tratando de quebrantar mi voluntad. Mi deseo de resistirme frente a lo que ya se acerca más a un hecho en vez de un deseo. Golpeándome las rodillas, gritándome en el oído, en la cabeza, que me arrodille ante ellos. Que no hay formula que pueda contrarrestarlos ni bien que pueda ahuyentarlos. Que me rinda sin dolor ni sacrificios sin sentidos. ¿Qué sería de mi sin vos? Levantando el mentón, apoyando primero mi pierna izquierda para levantarme, escupo sus intereses y sus derechos comprados, golpeo con mis manos la corrupción que me somete en el piso e insulto con palabras de irrealidades en el viento. Asumo el riesgo, ¿qué otra cosa podría valer más la pena que esto?
Huí al oeste para empezar de nuevo. Escapé de mis terrores enterrados en Floresta, asesinándome en cada Sarmiento que devoraba mis sueños y virtudes. Comí, recé, amé, bajo las sábanas de un tinglado en Juan B. Justo mientras se detenía todo a mi alrededor por San Martín y Beiro, un destello de realidad que cambiaría para siempre el camino de mis días. Así, te miro, me desangro, me recupero, creo, mato, vivo.
Así derroto las realidades que marginan mis estrellas y agitan mi mundo. Así vivo en un mundo de un par de estaciones que proveen de oxígeno para el resto de mi día, o mejor dicho, hasta llegar al próximo viaje.
Tan solo unos cuantos minutos donde interpreto la vida de otro, con mis trajes, mi portafolio, mis corbatas bien prolijeadas a tono con el pañuelo que envuelve el calor de mis sueños y el rojo de tus mejillas. En ese momento, en ese retardo en que Palermo nos deparará un café, un bar, una situación simulada o planeada, donde citaré collares de estrellas, bajo el claro reflejo de la luna, en tus ojos. Sí, son a veces, las cosas con la que puedo llegar a soñar cuando duermo despierto. Cuando imagino un mundo en el que el tuyo y el mio sean iguales. Iguales categorías, de iguales sintonias. Tan solo unos pocos para poder amarte por lo que me queda de día, y tal vez de vida. 100 minutos a la semana para planear el resto de mi vida y la tuya.
Ya me besé en Cubagua, alquilé un piso de arena cerca de la manzana de las luces, y odié una obra en el Picadelli. Ya me bauticé en la plaza de los pañuelos blancos y me sentencié a un duelo a muerte contra los objetos que atentan contra tu vida y la mía. Objetos, algunas veces denominados personas, que nutren su vanidad por el consumismo de grupos hegemónicos económicos, drenando poco a poco, lo que queda de mi vida. ¿Qué sería de mi sin vos? En distintas oportunidades que por lo limitado y lo económico, prefiero no contar, me acechan envenenando mi alma y tratando de quebrantar mi voluntad. Mi deseo de resistirme frente a lo que ya se acerca más a un hecho en vez de un deseo. Golpeándome las rodillas, gritándome en el oído, en la cabeza, que me arrodille ante ellos. Que no hay formula que pueda contrarrestarlos ni bien que pueda ahuyentarlos. Que me rinda sin dolor ni sacrificios sin sentidos. ¿Qué sería de mi sin vos? Levantando el mentón, apoyando primero mi pierna izquierda para levantarme, escupo sus intereses y sus derechos comprados, golpeo con mis manos la corrupción que me somete en el piso e insulto con palabras de irrealidades en el viento. Asumo el riesgo, ¿qué otra cosa podría valer más la pena que esto?
Huí al oeste para empezar de nuevo. Escapé de mis terrores enterrados en Floresta, asesinándome en cada Sarmiento que devoraba mis sueños y virtudes. Comí, recé, amé, bajo las sábanas de un tinglado en Juan B. Justo mientras se detenía todo a mi alrededor por San Martín y Beiro, un destello de realidad que cambiaría para siempre el camino de mis días. Así, te miro, me desangro, me recupero, creo, mato, vivo.
Así derroto las realidades que marginan mis estrellas y agitan mi mundo. Así vivo en un mundo de un par de estaciones que proveen de oxígeno para el resto de mi día, o mejor dicho, hasta llegar al próximo viaje.
viernes, 24 de mayo de 2013
Señores y amigos, compañeros de tartulias y domingos del 85 por la mañana. Más bien tarde que temprano, llevaremos el hielo del tiempo a la templanza del hogar, recobijandonos bajo las telas húmedas de los planes sociales, el desempleo mientras que cada tarde del domingo, espero llegar con otras noticias bajo el brazo. Despierta, sueña y no te canses de luchar. Bajo ningún aspecto de nuestra historia, de la historia de la humanidad, del potencial del ser humano, quedarse atorado en la puerta resolvió nada. Ni en aquellas fábricas teñidas de sangre obrera en el mayo francés ni los más avergonzados de España en este nuevo siglo. Lucha, muere, padece, revive, que así son más sagradas las victorias, y menos dolorosas las derrotas. Se dice que para elevar el nivel, el caudal de un triunfo, es necesario sobrevalorar al oponente para justificar la inmensidad de la victoria.
sábado, 27 de abril de 2013
Peumayen nos mira desde enfrente
Peumayen nos mira desde enfrente
Queda claro lo
ingrato que es este mundo. Más que el mundo, las manos engrasadas que lo operan
a su antojo, a su servicio, a su merced. La necesidad imperiosa de dominar a
propios y ajenos bajo las instituciones del miedo, del dolor y la represión.
Comunicadores de falacias, inundan viralmente las venas de trabajadores,
empleados haciéndolos enfrentarse unos a otros, cuando ellos realmente deberían
estar unidos frente a los grupos hegemónicos que dominan un país. Curiosamente,
al mismo tiempo La Plata sufre las necesidades que siempre tuvo, que siempre
contempló entre sus entrañas, cuando se construía un estadio innecesario con un
objetivo más político que social.
De aquí viene, de aquí parte la genealogía Argentina que, década tras década, decora nuestros grises y húmedos, cuartos de tragedias, de mentiras, de banalidades de campañas amarillas cool. A salvo estamos, de perder la unidad pública y popular. De conocer más del cine, del ocio, de los estímulos que provocan la educación, el conocer más, el motor que hace funcionar a nuestra cabeza. De privatizar tus ideas, tus sueños de espacios de cultura para el menos beneficiado. En fin, una Argentina a oscuras vagando entre salones apagados, tropezando con bloques corporativos impulsados por el ideal económico de unos pocos. Una Argentina ahogada en su propio grito, atada de pies y manos frente al patrón de la ignorancia, del desconocimiento y estupidez. ¿Quién querría un pueblo molesto, informado capaz de dudar de los accionares de las, por decirlo así, personas que los representa?
Un idiota. Un corazón acechado en un corralito, una juventud marcada por 194 cicatrices con secuelas en el alma y un Once que nos golpea en la quijada para ver lo poco que importamos a uno u otro grupo. Lo solo que estamos. Lo único que tenemos. ¿Quién tiene tiempo para visitar una playa artificial entre medio de la Ciudad de Buenos Aires cuando el Sarmiento (Dios quiera que no) me abre la puerta y me invita a dejarme vencer?, a desechar la idea de que algún día todo esto va a cambiar y se nos hablará como personas y no como un número. No soy recomendable para nada. Para ningún sector ni persona que esté de acuerdo en encontrar niños en la calle o durmiendo en la puerta de un local de comidas rápidas. Que le sea indiferente nombres como Mariano Fereyra o Julio López, pero si conocidos el amorío de la revista de turno. No se trata de demonizar modelos o purificar realidades.
Se trata de Norberto, el panadero, y Julio, el vendedor de autos. Dos personas. Dos vidas. Dos vecinos. ¿En qué los convirtió los medios de comunicación para que se odiasen tanto? Para encontrar en el otro una bronca, un dolor tan grande, que no lo sentían antes de conocer el pensamiento político que tenía el otro. Oficialista u oposición, son personas, son vecinos, amigos. Sean de color amarillo, naranja o celeste y blanca, son todos iguales. Argentina, dulce país de soberbia y orgullo donde solo se mira al otro para ver quien la tiene más grande y no para saludarlo.
De aquí viene, de aquí parte la genealogía Argentina que, década tras década, decora nuestros grises y húmedos, cuartos de tragedias, de mentiras, de banalidades de campañas amarillas cool. A salvo estamos, de perder la unidad pública y popular. De conocer más del cine, del ocio, de los estímulos que provocan la educación, el conocer más, el motor que hace funcionar a nuestra cabeza. De privatizar tus ideas, tus sueños de espacios de cultura para el menos beneficiado. En fin, una Argentina a oscuras vagando entre salones apagados, tropezando con bloques corporativos impulsados por el ideal económico de unos pocos. Una Argentina ahogada en su propio grito, atada de pies y manos frente al patrón de la ignorancia, del desconocimiento y estupidez. ¿Quién querría un pueblo molesto, informado capaz de dudar de los accionares de las, por decirlo así, personas que los representa?
Un idiota. Un corazón acechado en un corralito, una juventud marcada por 194 cicatrices con secuelas en el alma y un Once que nos golpea en la quijada para ver lo poco que importamos a uno u otro grupo. Lo solo que estamos. Lo único que tenemos. ¿Quién tiene tiempo para visitar una playa artificial entre medio de la Ciudad de Buenos Aires cuando el Sarmiento (Dios quiera que no) me abre la puerta y me invita a dejarme vencer?, a desechar la idea de que algún día todo esto va a cambiar y se nos hablará como personas y no como un número. No soy recomendable para nada. Para ningún sector ni persona que esté de acuerdo en encontrar niños en la calle o durmiendo en la puerta de un local de comidas rápidas. Que le sea indiferente nombres como Mariano Fereyra o Julio López, pero si conocidos el amorío de la revista de turno. No se trata de demonizar modelos o purificar realidades.
Se trata de Norberto, el panadero, y Julio, el vendedor de autos. Dos personas. Dos vidas. Dos vecinos. ¿En qué los convirtió los medios de comunicación para que se odiasen tanto? Para encontrar en el otro una bronca, un dolor tan grande, que no lo sentían antes de conocer el pensamiento político que tenía el otro. Oficialista u oposición, son personas, son vecinos, amigos. Sean de color amarillo, naranja o celeste y blanca, son todos iguales. Argentina, dulce país de soberbia y orgullo donde solo se mira al otro para ver quien la tiene más grande y no para saludarlo.
Me cuida la espalda del que quiera gobernarme el corazón
Me cuida la espalda del que quiera gobernarme el corazón
Me
perdieron, me perdí. Me caí en la vacilación de no volver a encontrarte, asfixiado
por la mano de la corrupción, del dinero, de la incredulidad del vil metal. Los
escuché pidiendo justicia, envenenados por la inoperancia del funcionario de
turno. Los escuché. Escuché a los ecos de la censura drenándose por los medios
inoperantes gracias a los panelistas de la ignorancia y el oportunismo del
morbo. Observé los guiños en tribunales, la cara más falsa del rock y como me
quieren contar lo que jamás podré olvidar.
También
recordé a un león pidiendo minuto y un matador estallando por la angustia, la
agonía, la sed de justicia de más de veinte mil homenajeando a 194. Ojalá que
pueda escribir en un futuro que sea imposible ver tocar a los Stones en
Cemento, y no seguir contemplando a mi barrio, a mi vida, rehén de los
barrotes.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

