sábado, 15 de diciembre de 2012

Pasan las olas, la area, el sol destellante y viejos marineros que recuerdan tardes de fútbol con los muchachos al compás del mate. Entre tanto, observo el horizonte, recuento los pasos que me faltan para llegar, y como un viejo truco de edición barato, te veo encima de mis hombros cayendo de cara a la arena entre abrazos y risas, entre besos y melancolía.
Cuantas veces soñamos con ese abrazo, esos brazos que nos envuelven bajo la niebla de la incertidumbre. Cuantos subtes, trenes, colectivos soñando, esperando que llegue el fin de semana y el momento en volver a verte sonreír. Vacio mis auriculares, mis sonidos, mis odios y mi transpiración, todo tan solo para que llegue el día en que pueda volver a verte sonreír. Y así el lunes me golpea en la boca del estómago, el martes me levanta con más prisa que tranquilidad y el miércoles me guiña el ojo al estar en mitad del camino. Las calles se vuelven eternas, los semáforos desperdician cada segundo que podría pasar a tu lado. Duelen las horas, duelen las memorias, los recuerdos, los momentos son como un cigarillo o la cocaína. Dulces, templativos, pero oscuros, desgarradores. Los villanos que arriman por encima de mi cama me llaman a una batalla de la que no puedo escapar ni ganar, pero aún así me incitan a visitarla. Entre la oscuridad de la noche, guiado por las luces de descanso de las teclas para encender las que yacen apagadas, camino atento a cualquier eventualidad que pueda sucederme en el trayecto: cualquier ruido, movimiento, puede ser mi paso en falso y mi derrota inminente. Al permanecer más que un rato en lo oscuro, la visibilidad se asimila a lo que ve y parece que puedo percibir el lugar en que se encuentran los objetos, mis obstáculos.

martes, 11 de diciembre de 2012

Torna presto

Ahora, que perdimos más sueños por no querer vivir historias inconclusas, por no tirarnos en el mar para bucear e investigar nuevos horizontes, por temor de resbalarnos en la popa, nos decimos adiós. Tal vez, en el sur vuelva a nacer de nuevo entre el hielo y el frío, y la necesidad de humedecer mis manos. Ni tonto ni perezoso, vagaré por aquellas noches que me abriguen del mal de amores en base de alcohol y champang...Vamos, muchacho, de verdad. Ni yo me lo creo. Siempre la cerveza fue mi mayor estimulante para volar un poco. Viviré de fiesta, de taberna en taberna brindando por todo lo que alguna vez quisimos, lo que por promesas de meñiques, de tontos irrelevantes dejandose llevar por temporadas de otoño, nos juramos alguna vez. Uno, dos, tres y hasta tal vez cuatro buzos me pondré para separar el frío y tus tentaciones de mi piel, de pecho. Aunque no lo creas, ya hice los deberes, terminé los trámites que siempre juré hacer pero nunca me detení en darles fin. Llamé a Juan y me dijo que necesitaban una persona importante en una reconocida marca multinacional. Sí, así es, hasta ya conseguí un lugar para empezar mis nuevos sueños. Vamos, está bien, un super no puede ser tan malo y menos en la parte de la caja. Aire acondicionado, alejandome de posibles relaciones sociales por además del trabajo con mis vecinos. Aunque pensandolo bien, tal vez una buena señorita me devuelva la sonrisa, y contagie de color mis tristes ojos grises. Tonto, ingenuo, infragante, Alejandro planea su futuro como una siempre guía, sin tener en cuenta la brújula que le eh de marcar el camino, cuya brújula a la que llamamos destino. Vivirá como muchos, y también sufrirá como otros. Días tras días, se verá sometido a una felicidad esporádica que se diluye al pasar las horas, y se estaca en el medio de su corazón por las noches. Entre leche, activia y champang, sus tardes pasarán marchitando poco a poco, esos sueños que emigraron de su Buenos Aires natal para desembarcar, en un puerto, aún peor. Preso de la ignorancia de los sueños del ser humano y del hecho de vivir, la realidad de Alejandro lo acompañará cada vez que marquen las 9 y él estacione su chaqueta en el closer n°843, un armario que entiende de números y no de nombres. Los días serán cotidianos, y la insatifacción latirá en la palma de cada una de sus manos.

Al caminar de vuelta a casa, Ale verá su camino interrumpido por un pequeño bar llamado "El café de Rick". Un poco lúgubre, la falta de color, de detalle como cuadros, se ve equilibrada por las diversas ciruetas que abundan el eterno bar, nunca sin poder decifrar las caras que están en ellas. Gracias a las pequeñas luces que iluminan unas mesas de pool, Alejandro logra entender que Sam renunció y nunca más volverá a este lugar. Contando sus pasos, se dirige a la barra más próxima, apoyando los últimos 21 gramos que le quedan en una silla alta. Como le es habitual, llama a la mecera sin siquiera fijarse en su mirada y le pide la carta. Haciendo caso a su rutina, le alcanza a Alejandro una sudestada de pocas palabras para ordenar una cerveza tirada, sin tocar nunca la carta ni tampoco sacar la mirada del piso. Estancada. Estancada. ¿Y si la voluntad de mil hombres y mujeres hubiera sido distinta? La historia lo marca: el éxodo a una tierra vecina es el augurio para nuevos futuros.¿Y si la historia se equivocó? 

Cuando ya las exigencias le sobrepasan los hombros, Alejandro mete la mano en su bolsillo y toma el paquete de cigarrillos. La historia es la enseñanza de lo que se debe hacer para equivocarse otra vez. Una y otra vez. Miles y miles de años de ver como las civilizaciones se vieron la codicina, el ansía de poder, de demostrarle al otro que estaba equivocado, de vender familias, vidas, sueños, por la vanidad de unos pocos, muy pocos. Pasadas las 5, Alejandro ahora cree que se olvidó sus lentes, porque no entiende nada de lo que ve. Ahora, se sentó a su lado, lo abrazo y le invitó una ronda más. Eran más los vasos vacíos sobre la tabla de aquel bar que las palabras que Alejandro uso esa noche, hasta este momento.

 Inquieto por naturaleza y no por obra de hormigas, despliega un pie en el suelo mientras levanta la mirada en busca de aromas de coco, que estimulen aunque sea un poco su pobre olfato de la parte de verduras. Camina entre el humo y el ruido, tartamudeando frases que ni el conoce sin poder decifrar porque está haciendo lo que está haciendo. Entre pasos y piernas desnudas, dispara vulgaridades en castellano a una señorita que nunca se enteró de que existió. Así, balbucea por entre las mesas recitando a Márquez y tarareando a Sabina, sin llegar nunca, al fin del camino. Ya pasadas algunas horas, y mas vasos que dedos, Alejandro entiende que la salida queda mucho más lejos que de donde entró. A medida que los rostros se van develando, que la cuenta es grosera y larga, la noche ya hizo de las suyas. 

Otra vez, entiende de que está solo y nadie lo esperará en casa, que aunque la imagine, ella no estará. Volverá al mismo bar, a la misma barra, pero nadie lo esperará allí. Sofocado, afixiado por la voragine, cierra su puño izquierdo y golpea con fuerza la barra que albergó por momentos alegrías, por momentos tristezas, mientras que apoya su brazo y descansa su cabeza sobre él. Como la luz para un vampiro, siente el calor en su cuerpo y como poco a poco, día a día, se está yendo. En un suspiro, abandonó aquel bar para retomar el camino que nunca debió verse torcido.

martes, 27 de noviembre de 2012

A veces, hasta la misma Buenos Aires parece como una larga pileta olímpica de natación, pero reemplazando agua por autos y contaminación. Agotador, agobiante, el calor me choca en el rostro mientras me hace verte pasar como un bil espejismo, que se aprovecha de mi deprobable situación. A falta de camellos en Atacama, acá tenemos cartoneros con nobles corceles que habitan en un lugar en donde la naturaleza no los predestinó. Sediento de tus besos, de los ojos llorosos en que las señoras algo pálidas me saludan dandome las buenas tardes, me encuentro yo esperando al 83. Con un viejo blues, un gato pasa por debajo de los autos robando migajas de sueños que se vieron estropeados por la cruda realidad de la clase obrera argentina. Algunos dirán que era negro, otros blanco, para mí es una mezcla entre los dos.

Somos espejos parlantes que vivos en la zonas más bajas de los suburbios de la ciudad. Bajamos a nuestro propio inferno por la escalera de las pastillas, el alcohol y el crack. No tenemos donde ir ni a nadie le importa. En un graffiti puedo señalar todo lo que me falta por vivir mientras ellos se ríen de mi. La ciudad de los muertos nos llaman por vivir por debajo de lo más abajo de la sociedad, hasta dicen que ya abriremos nuestro primer sindicatos de drogadictos y estafadores. A mi no me importa si a ti tampoco te importa. Y así elegimos reunirnos por el fuego, por la oscuridad que invaden y hacen arder a nuestro pies cuando nos dicen que el cielo siempre nos comprenderá. Entre la comedia y el drama vivimos o tratamos de hacerlo a nuestra manera. No me importa, no me interesa lo que vos y tu sociedad piense de mí. Me crucifican por ser un perdedor, un fracasado de la vida que no pudo completar ni complacer las necesidades autoritarias de un aspecto de los seres humanos que va más allá de la escencia de cada uno. A menudo mi mundo empieza a girar y nunca acaba, dejandome mareado sin saber para donde correr. Y muero, y vuelvo a morir creyendo en tus mentiras. Cigarillos, amor desgarrador y un poco de pop y pastillas. Son pocas de las cosas de las que hago y puedo llegar a hablar. No seré el mejor ser humano pero es mi manera de vivir. Ni ser afixiado por la televisión ni de noquearme por lo que dicen los medios y los diarios. Eso no va conmigo. Eso es lo que ellos quieren que yo sea. No me importa. Aquí abajo somos diferentes. Algún día en esta vida seré un soñador, buscaré un futuro mejor y tal vez tenga un trabajo digno, pero no será este día. Ya me cansé de dormir en la sombra de la indignación. De vivir de la arrogancia y mutilación de pensonar que no saben conformar una buena melodía. Escudados del sueño americano, de decirte lo que tenés que hacer y pensar, me obligan a sujetarme la cabeza y gritar...BASTA! No me importa si a vos no te importa. Sobrepasa los pocos límites que me quedan de cordura tu total indiferencia y manipulación de lo que poco que queda de nosotros. Me da asco la manera frenética en la que se basan para realizar sus actos. Censura, extorsión, contrabando son los valores morales que predominan bajo los lemas y dilemas de sus banderas. Así, un día, la ciudad de los muertos, será la nación del fuego. Caerán bajo nuestras propias armas al hacernos creer que la nada misma merece más respeto que nosotros. No se trata de un grito punk ni de grupos adolecentes anti-sistemas. Se trata de exclusión. Bajo los suburbios, aprendí a odiar, a lastimarme a mi mismo, cuando en la televisión decían que robar era malo, y asaltaban de trajo y corbata a ancianos en base de organizaciones legales. Llegará el día en que el drama y la comedia cambien de roles y los polos sean opuestos. El día donde podré verte a la cara y escupir bajo tus slongans cool y facistas, aclamada por la ignorancia, el clero y los idiotas. Probablemente mi alma acompañe a cada una de las personas en ese día de lucha, porque seguramente ya estaré muerto en ese momento, seguramente en un lugar mejor. No me importa si a vos no te importa, pero tu día de ejecución terminará hoy.
Más allá de lo que haya pasado o escrito, me cansé de ti. De vivir pensar soñar en que sos lo que necesito para poder respirar. Es una puta pura mentira. Lo único que necesito para respirar es oxígeno. Sí, me divertí cuando mi madre dijo que sea un chico bueno y que no utilice armas, aunque maté a un hombre en Palomar. Las luces, las noches que brillaban más y ardían más que el sol en un amanecer tampoco podría olvidar. Crack, yerba y otras cuestiones se me vienen a la mente. Lugares inoportunos y desconocidos para levantarme, y ni hablar de aquellas personas que tanto compartí y aún así, ni conocía. Me importa un carajo, vos no estás acá para ver la mierda en la que me veo rodeado. De lo que se siente que te ahogen en un vaso del cual no podés huir. Siempre me valí de tu percepción de las cosas, por tu sensibilidad por hacerme sentir distinto...somos todos iguales. Todos iguales seres humanos de mierda. Todos con ambiciones, con demonios y ángeles que rara ves dicen presente. Me cansé, me harté. La vida apenás es un destello que nos pasa por encima como un avión a una hormiga. Es tan grande y desesperante que ya pasó cuando quieras darte cuenta de algo. Maldigo por no pensar más noches envenando mi sangre con más alcohol y descuidos, de tratar de ser siempre un hombre correcto y con honor, cuando los valores que solo existen en esta vida son los de color verde. Tus leyes, tus padres, tus vecinos, mis vecinos, tus amigos y amigas, se pueden ir bien al carajo. Ya no me opondré a la ruleta rusa que inspira al desenfreno de olvidar por un momento que estamos vivos y así, bailar como muertos.

lunes, 26 de noviembre de 2012

Inpurgatori SI

Serán los días, las noches, las montañas, las cataratas de agua que nos separan. Como transfondo de mi espacio, rechinan las bocinas y el calor del motor de cada auto de Buenos Aires. Ya me consumí, ya grité, me enojé, destruí algunos bares, quemé mi conciencia gracias a madera húmeda agachando la cabeza. Divague por las entrañas de la tierra, saltando y buscando entre las baldosas del color gris, una respuesta que pueda darle un poco de serenidad a mi alma cansada. Cien días, cien horas caminé desorientado por un laberinto sin puertas ni ventanas de color blanco. Cada paso, traía un momento de arrepentimiento, de resignación, cada paso adelante se sentían como dos hacia atrás. Tropiezo y me golpeo la cabeza, me corto la mejilla y siento el cuerpo caliente, veo que estoy vivo. Después de un breve tiempo asimilando el golpe, logro levantarme de la suciedad del despiadado piso y busco seguir adelante. A cada día, a cada hora que sigo acá adentro, veo luces fugaces, que perduran apenas un segundo en el tiempo y espacio. A medida que avanzo, cada vez son más inmensas y cercanas a mí. Y ahí te vi a ti, entre el humo del ruido, el silencio de la desazón y el aroma de la desesperanza. Me miran, me incomodan, penetran mi piel vulnerable y estalla en el medio de mi pecho. Tan solo un segundo fue demasiado para recibir una pequeña pero mortífera dosis de ti. Me desintegro, mis pupilas se dilatan y ya no siento peso en mi cuerpo, ya ni 27 gramos logran sostenerme. En blanco, me veo envuelto por una luz negra que me pide, me sugiere que deje de pelear, exprimiendo mis hombros, mi espalda con sus grandes dedos. Mis rodillas tocan el piso, y por un instante, me sostengo aunque mi cuerpo y algo más que la gravedad imponen el peso de mi cuerpo hacia adelante. Me caigo, todo, todos ya me han abandonado. Cuando era niño mi padre me contaba que nadie más peleará tus propias batallas. Veo su recuerdo florecer entre la niebla en un abrir y cerrar de ojos. Veo a mi madre derritiéndome en un abrazo donde nos fundimos a fuego frente al mal que domina en las calles donde me crié, en un abrir y cerrar de ojos...y ya se fueron. Ya comprendo que caí, que mi sentencia ya fue dada, que esta es mi hora, mi lugar, y mi destino. Ya no puedo hacer nada por ellos, por ti, por mi. Me vencieron, me atraparon, de una vez por todas, caí en una de sus trampas. Ese instante ya transcurrió. Ahora siento que cada capa de aire que me separa del suelo corta como si estuviera chocando contra un alambre de púas. Tan solo unos segundos, parecen que fueran horas, días, años tal vez. En cada segundo en el que mi cuerpo se aproxima cada vez más al piso observo en donde me equivoque, cuantos trenes equivocados tome y cuantos otros no logré abordar. Me torturo hasta en estos momentos cuando veo como dejé que subas al avión con él. Cada momento corta como la desesperación de haberte perdido...
Sin casi tener absoluto control de mi cuerpo, mi cabeza choca como un cross a la mandíbula, mientras que mi pecho recibe la última estacada de plata para terminar con él de una vez. Ya ves, nadie se hará cargo de este asesinato, de estas heridas a sangre fría en mi pecho, de haberme olvidado entre recuerdos, de pasados. Percibo como el ambiente acaricia cada parte de cuerpo y me cubre de temblorosas sábanas negras, escuchando voces que susurran bajo el tormentoso silencio algo que no puedo llegar a develar, pero que aún así, no sería nada bueno.  Con los ojos desorbitados, sientiendo como deformes manos sujetan y jalan mis gemelos, veo que la visibilidad me abandona y mi mirada se pierde entre el humo del ruido, pensando, simplente, en poder verte una última vez...